Autor: Carlos Valverde, Estudiante de Ciencia política e Integrante de CEICP
E s bastante común toparnos con afirmaciones como «no puedes hablar de esto», afirmaciones que suelen acompañarse con un «porque eres esto, perteneces a esto, piensas o defiendes esto otro». Por supuesto, esto es discutible, y eso es lo que pretenderé hacer. En el lenguaje cotidiano, el del día a día, nos encontramos con todo tipo de palabras que se emplean de formas y en contextos que a primera vista son aceptables, pero que analizados a fondo resultan confusos y, en realidad, usados de esa forma generan y generan problemas. La palabra poder es una de estas palabras empleadas de forma tan confusa.
Si bien he visto esto en el panorama estudiantil, también se presenta en el político, ámbito que, debido a su importancia en la vida de todos los peruanos, esconde de forma más explícita los enredos del mal uso del lenguaje y, en este caso, del poder.
Pero volvamos al principio, al «no puedes». Es común que ante la pregunta del por qué de tal afirmación, la respuesta sea que «emitir opiniones al respecto se hace con la intención de imponer sus ideas a los demás». ¿Por qué imponer? imponer, en este caso, tiene una connotación negativa —se concibe como algo malo— y, por tanto, repudiable; este término puede entenderse como el atribuir algo a alguien, o que una persona haga valer su poderío sobre otra. Entonces, parece que quien emite opiniones acerca de temas sobre los que «no puede» hablar, lo hace con la intención, consciente o no, de ejercer poder sobre quienes reciben tales opiniones.
Imponer implica coartar, coaccionar —presionar o ejercer violencia respectivamente—, o amenazar con coaccionar a alguien. Pero cuando hablamos de ciertos temas, cuando emitimos opinión de temas considerados tabú dentro de ciertos ambientes, no necesariamente lo hacemos para coaccionar o coartar a alguien, sino con la única intención de ser escuchados y que, a veces cuando lo que decimos es provechoso, nuestras opiniones se tomen en cuenta. En el caso de los políticos y los medios de comunicación, puede darse una situación similar, pero en estos ámbitos hay más probabilidades de que llegue a haber coerción por parte de quien emite su opinión, o por parte de quienes están de acuerdo con esa persona. Los seguidores, los internautas, o los televidentes podrían llegar a funcionar como cámaras de eco de las opiniones dadas, llegando a tomar acciones en favor de quien emitió tales opiniones, así como también pueden funcionar del mismo modo para quienes consideran lo contrario. Incluso pueden llegar a coartar y coaccionar a otros si crean o apoyan lobbys, y si presentan y aprueban proyectos de ley que afectan directamente a las personas a quienes se les ha dirigido tales opiniones; aquí, en el ámbito donde el poder político se ejercer en cada momento, se es más proclive a imponer lo que se defiende, sea por parte de quien toca un tema tabú o de quien busca mantenerlo como tabú.
Y es que tras esos «no puedes» se oculta algo más. Existe un enorme problema en el uso del lenguaje entre quienes realizan afirmaciones estructuradas con el «no puedes» decir, e incluso, hacer algo, pues, en muchos casos, como es de los temas considerados delicados, subyace en ellas el «no debes» decir o hacer algo.
Definamos ambos términos. Cuando hablamos de «poder», podemos entenderlo como tener la potencia o facultad de hacer algo, mientras que «deber» es estar obligado a algo; podemos darnos cuenta que, cuando dicen que «no se puede», en realidad quieren dar a entender que «no se debe» decir o hacer algo. Con poder, cualquiera «puede» emitir una opinión sobre algo, aunque sea acerca de un tema tabú, pero esta opinión puede ser informada o no, puede ser agradable o no, puede o no cambiar algo en la forma de pensar de la persona que recibe tal opinión, o puede simplemente ser ignorada. En el caso del deber, es evidente que hay cosas que no debemos hacer ni decir porque son inherentemente malas para nosotros o para otros, pero, respecto a las opiniones y acciones, ¿por qué no debería dar una opinión, formar una agrupación, o realizar reuniones y todo tipo de actividades? Aquí importa bastante el contexto, así como la naturaleza, las intenciones y las consecuencias que esto podría acarrear.
En los ámbitos estudiantil y político existen entidades que pueden impedirnos realizar ciertas actividades, y hasta emitir cierto tiempo de opiniones. Los centros federados, las federaciones universitarias, las entidades del estado, las ONG, los gremios, entre otros, pueden servir como grupos de presión para impedir que se realicen o se digan ciertas cosas —o como entidades y personas que por sí mismas pueden impedirlas, como en el caso de las autoridades universitarias o los altos cargos del gobierno—, en especial con quienes consideran como enemigos. Esto se da entre todas las orientaciones del espectro político: rojos, fachos, caviares, liberales, libertarios y conservadores, al considerarse como enemigos, buscarán minimizarse y hasta eliminarse entre sí. Ahí, ese «no puedes» se da de forma más explícita. Con la excusa de que se atenta contra la integridad y los valores de la sociedad, de la comunidad, del sistema político, del estado, de las instituciones, etc., quienes manejan estas entidades pueden llegar a censurar a otros sin que estos representen un verdadero problema, sino solo por ser y/o defender cosas contrarias o distintas a las suyas.
El más claro ejemplo es la cultura de la cancelación universitaria, donde se emplea la ahora clásica carta de la intolerancia para censurar a grupos y a personas por razones tan absurdas como pensar distinto o pertenecer a grupos con una forma de pensar distinta a la propia; esto no va muy acorde al modelo de sociedad abierta y democrática que planteó Karl Popper y que hoy en día tantos supuestos defensores de la democracia se empeñan en defender, sociedad donde los intolerantes solo debían ser censurados si llegaban rechazar el diálogo racional y a tomar acciones contra el sistema que permitía la tolerancia. (Popper, 1945/1992, cap. 7, nota 4) ¡Y qué mejor ejemplo de sociedad abierta que el que deberían ser las universidades!
“De lo que no se puede hablar hay que callar.”
Cómo las universidades, hay otros ámbitos en los que la censura tiene cabida, ámbitos que, junto a la universidad, son englobados en la muy conocida esfera pública, esfera que padece de males similares, que extrapola lo universitario a un nivel nacional. Si queremos hablar de «no poder» en el sentido adecuado del término, podemos hacerlo de una forma similar a la que se refería Ludwig Wittgenstein en el Tractatus Logico-philosophicus con las proposiciones que no son de la ciencia natural, las cuales, al no hallar referencia en los hechos del mundo, son sinsentidos lógicos. En la situación que nos acontece, quien pretende decir o hacer algo dentro de una materia que desconoce, no es capaz de decir algo que tenga sentido dentro de ella ni de hacer algo de forma que se consiga el fin esperado. En este caso, como una especie de principio de humildad y autoconocimiento, hay que tener en cuenta que: «De lo que no se puede hablar hay que callar.» (Wittgenstein, 2012, p. 145)
Referencias
Wittgenstein, L. (2012). Tractatus logico-philosophicus. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1921).
Popper, K. R. (1992). La sociedad abierta y sus enemigos. Paidós. (Obra original publicada en 1945).

